Cambiar el mundo viajando y hacer bien.

22 Mayo, 2017

Niña Uro

Cambiar el mundo viajando

Evidentemente no somos tan pretenciosos ni poderosos como para cambiar el mundo viajando. Tampoco somos tan ingenuos como para creer que nuestras buenas acciones tendrán un efecto mariposa y recorrerán el universo como un arcoíris colorido y alado, creando una mágica cadena de acciones solidarias que transformarán el planeta. No.

Morpho

Nora con una mariposa Morpho grabando un Trip Schooling

Dicho así “Cambiar el mundo” suena a hazaña imposible y solo al alcance de grandes e influyentes personalidades. Martin Luther King, Nelson Mandela o la madre Teresa lo hicieron. Ojalá tuviéramos un poquito de la valentía y el coraje de ellos para poder cambiar muchas cosas. Pero somos Ingrid y Andrés, dos educadores andaluces, felizmente anónimos y moderados, reconvertidos en viajeros temporales y padres de 3 niñas. Conocemos nuestras limitaciones y no aspiramos a tanto. Nos gusta mucho la vida sencilla y nos comprometemos con nuestro micro universo particular, el que nos mueve y nos rodea físicamente cada día.

Más allá de objetivos humanitarios y globales, inmensos e inasibles, tenemos el firme convencimiento de que podemos hacer mucho por nosotros mismos, la gente que nos rodea y nuestro entorno inmediato. Con los pies en el suelo, la mirada en el cielo y desde nuestro lugarcito en la Tierra, nos planteamos posibles objetivos vitales que nos motivan e ilusionan cada día. Y ahí si que actuamos.

Este viaje nos ha hecho mucho más conscientes de que la bondad es una cualidad natural y necesaria del ser humano y que, al igual que la creatividad, se va atrofiando conforme vamos creciendo. Ahí la escuela y los métodos pedagógicos juegan un papel crucial. El reto es apasionante: la búsqueda de modelos que permitan a los niños crecer con autoestima, solidaridad, espíritu crítico, creatividad y compromiso. Además, lograr que el miedo no se interponga entre el pensamiento y la acción. Por eso durante el viaje, vamos recogiendo ejemplos de proyectos transformadores y dándoles visibilidad, para que sirvan de inspiración a muchos educadores que, como nosotros, creen en otra educación posible. La educación posible es la que nos mueve.

También los medios de comunicación, al poner énfasis en aspectos negativos de la convivencia humana en el mundo, desvirtúan la realidad y crean una falsa estadística en nuestro imaginario colectivo. Esa estadística es nociva y paralizante. Desintoxicarnos de los cientos de miles de inputs que nos invitan constantemente a desconfiar del otro, huir de lo extraño y rechazar lo ajeno, es una tarea titánica. Viajar es la única manera fiable de conocer la realidad de los lugares de nuestro planeta, en primera persona, sin versiones ni intereses, sin manipulación ni votos. Viajar te acerca al otro, te rompe esquemas, te limpia el ego, te regala un nuevo mundo.

Y todo lo anterior, toda la gente que nos ha ayudado, tantas cosas buenas que nos han pasado, justifica en nosotros una actitud de alerta permanente ante oportunidades de hacer el bien, ayudar y actuar para que otros se sientan, en algún momento de su vida, un poquito mejor. En nuestro caso se ha convertido casi en una obligación moral que queremos consolidar en actitud vital crónica. Un viaje regala muchas de estas oportunidades y aquí vamos a compartir algunas de ellas. Son las pequeñas buenas acciones que el viaje nos dio la oportunidad de llevar a cabo.

Remolcando a José. Minca, Colombia.

Justo era 8 de Agosto, el día de mi cumpleaños. Subíamos una montaña por un caminito de tierra tortuoso, lleno de baches y barro. Íbamos a visitar el proyecto educativo de unas pocas familias que, huyendo del citadino estrés de Bogotá, decidieron instalarse en una remota zona del bosque húmedo tropical colombiano.

Casa en Minca

Esta era la casa de Minca que visitamos en mitad del bosque húmedo tropical

A mitad de una pronunciada pendiente nos encontramos a Pepe parado junto a su moto-carro rojo cargado de ladrillos. No sabía por qué, de repente, su vehículo dejó de funcionar. Pero lo único que le preocupaba era poder llevar su carga arriba del todo de la montaña. Así que ahí nos ofrecimos a remolcarle. Enganchamos con una gruesa cuerda su moto a nuestro coche y logramos cubrir el kilometro escaso que nos separaba de la obra a la que iba. Y sí, no cambiamos el mundo, pero Pepe sintió un enorme alivio al descargar sus ladrillos para que el resto de la cuadrilla pudiera continuar su trabajo.

Remolcando a Juan Carlos. Pitumarca, Perú.

Camino al cerro Vinicunca de los 7 colores

Camino al cerro Vinicunca de los 7 colores en Perú

Unos 3 meses después, de camino al Vinicunca (montaña de los 7 colores) en Perú nos ocurrió algo parecido. En mitad de un estrecho camino de ripio con un acantilado en uno de los costados, a más de 4.000 m de altitud, nos encontramos a Juan Carlos empujando con grandísimo esfuerzo su moto montaña arriba. Se le apagó, sin más, en mitad de una ruta muy poco transitada. Recuerdo que hacía frío, el sol se había ocultado hacía ya rato y su lugar lo ocupó un inhóspito y gélido viento que cortaba. Juan Carlos estaba solo y tenía muy pocas probabilidades de compañía en las próximas horas de no habernos encontrado. Es profesor y volvía a casa después de su jornada laboral en una remota escuelita rural de la zona. Nuevamente nos ofrecimos a remolcarle. En un primer intento se montó en la moto ya atada a la Pathfinder. El tirón inicial de arranque lo lanzó al suelo. Con habilidad y suerte, logró evitar que la moto le aplastara. En la segunda tentativa decidió bajarse e ir caminando cuesta arriba junto a la moto, sosteniéndola por sus puños mientras yo le remolcaba. Y así unos 20 minutos hasta que llegamos al punto más alto del recorrido, nos despedimos para siempre y se dejó caer por gravedad montaña abajo.

Una barca para el Titicaca. Puno, Perú.

La historia de la barca es divertida. Reconozco que era un capricho y una ilusión personal poder llevarla. La idea de navegar a remo en lugares tan fascinantes como el lago Titicaca me seducía demasiado como para controlar mi impulso aventurero. Aprovechando que Ingrid se encontraba en Marruecos en un viaje de estudios fui a la sección de pesca del Declathon y compré una barca hinchable, de las buenas. Doscientos y pico euros de ilusión. Esa misma noche, al llegar a casa la inflé y monté a las niñas dentro. Tuve que mover la mesa y el sofá porque era demasiado grande para nuestro pequeño salón. Me metí con las niñas dentro y, juntos, zarpamos soñando que surcábamos los mares del pacífico y que éramos grandes exploradores en busca de inhóspitas tierras. El mar era de tarima flotante y la puerta del pasillo nuestra “tierra a la vista”. Para animarnos y motivarnos cantábamos una canción de Carlos Vives el son de los tambores de nuestro corazón ilusionado. Grabé un vídeo con el móvil y se lo envié a Ingrid. Era mi manera de sellar mi particular e invisible contrato con un nuevo sueño.

Barca Instagram

Esta es la foto que publiqué en Instagram el mismo día que compré ña barca

La barca desinflada y en su macuto pesaba mucho y ocupaba aún más. Pero mi capricho irrefrenable era tal que decidí, con ayuda de mi amigo Jose Luis de Urocamper, construir un pequeño portaequipajes delantero a la Pathfinder para poder transportarla en nuestro recorrido Sudamericano. En las noches, cuando las niñas dormían, yo investigaba en Google Earth, la manera de llegar a las islas flotantes de los Uros en nuestra barquita, evitando los tours turísticos y buscando el trayecto más corto desde algún lugar en Puno. Lo tenía super medido y localizado. ¡Sería el primer viajero en llegar a las islas en su propia barquita hinchable! Pero Google Earth no muestra la temperatura del Titicaca en esa fecha (menos de 10ºC) ni tampoco el laberinto imposible de Totora (una especie de junco local) que uno debe superar para recorrer ese kilómetro y medio.

Llegué al Titicaca y visitamos a los Uros. Nos salimos de la ruta turística y convivimos con algunas de las pocas familias que hoy día viven permanentemente flotando sobre su isla de totora. Hicimos amistad con algunos de ellos. A través de Eliana y su empresa de turismo sostenible All ways travel contactamos con una de las escuelitas flotantes en el lago. Hablamos con su directora y acordamos visitarla un día lectivo. Lógicamente no fuimos en nuestra barquita hinchable, ella nos invitó a su barca a motor, la misma que coge cada día para dirigirse a su escuela. Y pudimos conocer la realidad de los Uros desde dentro porque conversamos con algunas de las familias que dejaban allí a sus hijos cada mañana.

Niña Uros

Enseñando a leer a una niña Uros

La mayoría de las más de 90 islas ya no son habitadas y se han convertido en cuidados reclamos turísticos. Muchas familias Uros viven en Puno y acuden a sus islas cuando les toca el turno y recibir los cientos de extranjeros, cámara en mano, que cada día descargan las barcas de totora. Ahí hacen negocio, venden artesanías, cobran por las fotos con ellos e incluso algunos tienen camas y hospedaje. No hay otra manera de llegar que no sea en tours organizados.

Comiendo con los Uros

Compartiendo almuerzo con nuestra amiga Dora, de la isla Khantati de los Uros

Aunque sabemos que ya no sucede así, nos impactó mucho una noticia de hace años que mostraba como algunos niños cubrían el recorrido entre la escuela y su casa flotante en pequeños barreños de plástico, usando sus manos como remos. Y lo hacían cada día, exponiéndose peligrosamente a las frías aguas del lago sin saber nadar.

Tras varios meses paseando la barquita por el norte de Sudamérica, y viendo in situ la enorme utilidad que podría tener en un lugar tan especial como aquel, decidimos donar nuestra barca a la escuelita. La cara de aquellos niños pequeños mientras la inflábamos, justo antes de regalársela, no tiene precio. Eso si, me di el gustazo de pasear con ella un rato por el lago antes del adiós definitivo. Y me hizo tanta ilusión donarla como cuando soñaba navegar el Titicaca.

Escuela Uros

Con los niños y equipo educativo del “Jardín Sumita Corazón” al que donamos la barca

Barca Titicaca

Pude darme este paseo con la barquita en el Titicaca justo antes de donarla a la escuelita Uros

La billetera de Carito. Buenos Aires, Argentina.

No lo dudé un instante y en cuanto vi caer su billetera del bolso que llevaba colgado del hombro me paré. Suerte que iba lento. Detuve la Pathfinder, abrí la puerta y recogí la billetera larga y colorida del asfalto. No me importaron los cientos de pitidos tras de mi. Es lo normal cuando detienes el auto en una de las arterias principales de Buenos Aires en hora punta. Había quienes gritaban “la concha de tu…”. Ella no se dio cuenta de nada. La moto en la que iba se escurrió veloz entre los huecos de los coches, como nave de Star wars entre árboles del bosque.. En ese instante supe que iba a alegrarle mucho el día a alguien, y me alegré. Cuando vi que contenía todas sus tarjetas bancarias, documentos de identidad, varios carnets y dinero me alegré aún más, consciente de la cantidad de trámites que iba a ahorrarle mi gesto.

Levaba ya meses contactando personas a través de todos los medios digitales posibles: mails, Facebook, formularios, llamadas, Whatsapps, mensajes de texto… me había convertido en una especie de espía online al servicio de nuestro proyecto viajero. Por eso sabía que iba a ser fácil encontrarla. En cuanto llegué a la casa activé al investigador que llevo dentro para localizar a la dueña de la billetera.

Carolina Griguoli decía su DNI. La metí en el buscador de Facebook. Tres personas aparecieron como posibles, contrasté fotos de los carnets y di con ella. En su perfil figura como Carito Griguoli. De inmediato escribí a su Messenger. A ella y a algunos de sus amigos, los que más aparecían en sus fotos. Mi mensaje fue exactamente este:

“Hola Carolina!!!! Soy Andrés Melero, justo íbamos hoy en la autovía y vi cómo caía tu billetera del bolso que llevabas mientras ibas en la moto!!! Paramos inmediatamente en la vía y la agarramos. Nosotros estamos en la calle Migueletes, barrio de Belgrano. Estamos de visita en Buenos Aires hasta el 2 de Marzo. Puedes contactarnos al Whatsapp +5493884458337 para coordinarnos y que te la devuelva!!! Mientras tanto, puedes estar tranquila, todos tus documentos, tarjetas y dinero están bien y a salvo. Nosotros somos una familia viajera. Puedes conocernos en www.elvuelodeapis.org

A los 5 minutos ya tenía respuesta de su novio, Nicolás. Esa misma tarde se pasaron Carito y Nico por la casa de Belgrano en que estábamos y conversamos. Ella es educadora especializada en niños con necesidades educativas especiales así que nuestro proyecto le encantó. Cuando le entregamos su billetera intacta no pudo contener las lágrimas de alegría después del susto que pasó al no encontrarla. Y nos lo agradeció de todas las maneras posibles. Incluso quiso entregarnos parte del dinero que contenía, propuesta que, por supuesto, rechazamos. Tanta gente que nos está ayudando a nosotros que ahora entendíamos mejor. La oportunidad de hacer el bien no siempre llama a la puerta de uno, ni se presenta en la vorágine cotidiana en que vivimos. Este viaje no está enseñando a estar alerta a esas llamadas.

Billetera de Carito

momento justo en que entregamos su billetera a Carito

Rescatando a un chulengo. Río Gallegos, Argentina.

Un biólogo en Sudamérica es un niño en una habitación llena de chuches. Este continente posee aún vastos territorios donde encontrar fauna salvaje y disfrutar, maravillado, de su observación en libertad. Uno de esos lugares, sin duda, es la Patagonia argentina. Mulitas (un tipo de armadillo), zorros, Choiques (una especie de ñandú en el sur), ratones, maras (liebres patagónicas), rapaces, pingüinos, ballenas… y también guanacos, muchísimos guanacos. La ruta 3 baja hasta Ushuaia paralela a la costa atlántica, recorriendo inmensas llanuras de pastizales azotados por viento constante y frío. Resulta curioso y sorprendente que a ambos lados de esta carretera todo esté vallado. Miles de kilómetros de vallas de palo y alambre para delimitar ingentes extensiones de nada. Y esa nada es el territorio favorito de los guanacos.

Armadillo

La Patagonia es un paraíso de fauna. En Península Valdés se nos acercó este peludito

Zorro gris patagónico

Este zorro gris patagónico tenía mucha curiosidad por nosotros

Los guanacos adultos saltan con extrema facilidad estas vallas y es muy habitual encontrarlos pastando a orillas de la carretera, junto al arcén e incluso cruzándola de un lado al otro, solos o en manadas. Hay que estar muy alerta en la conducción. Muchos mueren atropellados. La gente de la zona no les tiene mucho aprecio, casi lo consideran plaga y un estorbo. En el país del asado, carnívoro por excelencia, su carne no es demasiado apreciada y solo una parte pequeña de su pelaje es aprovechada en la industria textil o artesanal.

Muchos chulengos (guanacos jóvenes) imitan a sus adultos y tratan de saltar vallas sin tener aún la habilidad, confianza y fuerza necesarias. Por ese motivo es habitual que queden enganchados entre sus alambres (afortunadamente lisos y no de espinos). A lo largo de la ruta se pueden ver decenas de cadáveres de guanacos, ya secos, colgando de estas vallas. Como cuentas inertes, de cuero y hueso, forman un collar kilométrico que nos recuerda las dimensiones de la codicia humana. La privatización arbitraria de terrenos en su época, la falta de recursos y oportunidades de muchas familias y las sorprendentes prácticas actuales de ocupación y construcción en tierras ajenas, forman un coctel que lleva a los grandes terratenientes a “blindar” y marcar con alambre sus inmensas posesiones, diciendo “todo esto es mío”.

Recorríamos el tramo entre Río Gallegos y la frontera con Chile, camino a Ushuaia y desde la carretera vimos a un chulengo atrapado en el cerco. Decidimos pararnos y tratar de ayudarle. Tenía las patas traseras a un lado de la valla y las delanteras en el otro. Todo el peso la parte trasera de su cuerpo descansaba en el alambre superior de la valla de modo que sus patas traseras quedaban colgando, sin margen para poder maniobrar ni saltar. No estaba gravemente herido, solo magullado y cansado por los múltiples intentos infructuosos de recuperar su libertad.

Nosotros no teníamos ni idea de cómo ayudarle. En el currículo de la carrera de biología en Sevilla nadie contempló tuvo a bien incluir el tema “cómo liberar a un guanaco patagónico enganchado en una valla”. Ni siquiera teníamos unos alicates con que cortar el alambre. Se me ocurrió tratar de tumbar los palos de la valla, bajar así su altura para que el joven Guanaco pudiera irse por su propio pie. Justo en ese momento vi aproximarse por la carretera una camioneta de la policía y le hice señas y aspavientos para que parase a ayudarnos. Se pararon y le contamos. Ellos solían patrullar la zona y estaban muy acostumbrados a encontrarse guanacos atrapados. Uno de ellos agarró fuertemente la cabeza por las orejas y el otro elevó todo el cuerpo hasta liberarlo. Pero el chulengo estaba tan agotado que se sentó y descansó un rato antes de marcharse.

Al soltarlo definitivamente, volvió a estrellarse contra la valla antes de salir corriendo paralelo a la cerca pero en el lado de la carretera. Continuamos nuestra ruta y decidimos seguir un poco al guanaco, asegurarnos que volvía sano y salvo con su familia, que le esperaba al otro lado de la valla. Y en un momento dado se paró y volvió a intentar saltarla. El agotamiento, el miedo y la falta de confianza volvieron a jugar en su contra pues volvió a quedarse enganchado, esta vez de un modo más aparatoso: la pata delantera izquierda quedó atrapada entre el alambre, el palo y su propio cuello. Volvimos a pararnos y esta vez pudimos liberarlo nosotros mismo gracias al “cursillo acelerado de liberación de chulengos” que la policía nos regaló.

Le pasamos la cabeza por debajo de la pata y tras varios forcejeos, al fin se soltó. Luego nos quedamos unos 10 minutos celebrando el encuentro con toda su familia, que esperaba ansiosa al otro lado de la valla. Mientras se alejaba, el chulengo nos regaló una carcajada que nosotros interpretamos como sus “gracias” profundas. Ese día nos sentimos un poco Felix Rodríguez de la Fuente y muy honrados de poder devolver a la naturaleza y sus seres una ínfima parte de lo que nos da.

Cambiar el mundo viajando

Si, cambiar una parte pequeñita del planeta para acercarnos los humanos y regalarnos al otro, más cerca de la tierra y sus seres. Estamos aprendiendo a cuestionarnos todo aquello que nos aleja de las personas, aunque sean comportamientos normalizados que nadie cuestiona (estos son los peores), reeducando nuestra manera de comunicarnos y acercarnos a los demás. Nuestra biología nos enseña que somos seres amorosos y sociales desde que nacemos y por necesidad. Cultivar esa cualidad innata viajando es un lujo al que no queremos renunciar.

3 comments

  1. Comment by Norberto Suárez

    Norberto Suárez Reply 30 Mayo, 2017 at 0:15

    Estupendo relato, con algunos detalles de como, con pequeñas acciones, podemos mejorar nuestro mundo!.

    Muchas gracias por compartirlo familia.

    Sigan disfrutando de esta etapa de sus vidas.
    Saludos desde Tenerife

  2. Comment by Myriam y Pau

    Myriam y Pau Reply 23 Mayo, 2017 at 22:34

    Qué gozada sentir esa “buena onda” y es que es así. El mundo está lleno de gente buena, amable, solidaria, generosa, alegre… Qué maravilla compartir esa experiencia los 5 juntos. Inmenso regalo!!!

  3. Comment by Pepe Yanes

    Pepe Yanes Reply 22 Mayo, 2017 at 12:24

    Andrés,escribes muy bien, da gusto leer tus relatos. Besos desde los madriles.

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